«—¿Cómo te fuiste a la quiebra? —De dos formas: gradualmente y después, de repente.» — Ernest Hemingway (En su novela ‘Fiesta’).
Hay una diferencia abismal entre tener finanzas sanas y tener finanzas estancadas. Los datos de la deuda pública de Durango al tercer trimestre de 2025 nos venden una narrativa de «control»: no estamos en quiebra técnica y el déficit se ha reducido. Sin embargo, la realidad financiera es una camisa de fuerza que, si bien no pone en riesgo la solvencia inmediata del Estado, sí hipoteca nuestro crecimiento a mediano plazo.
Las cifras son frías y reveladoras. Mientras que 24 entidades del país lograron reducir sus pasivos este año, Durango nada contracorriente: somos el cuarto estado que más aumentó su deuda respecto al cierre de 2024, sumando 351.1 millones de pesos adicionales. Hoy debemos más de 11 mil millones de pesos, y aunque hubo una ligera corrección trimestral, la tendencia estructural es preocupante.
El verdadero riesgo no es el monto, sino la calidad y el costo de esa deuda. El 73% de nuestros pasivos están contratados con la banca comercial, dinero caro (tasa promedio del 8.8%) utilizado mayoritariamente para flujo de efectivo y gasto corriente. En términos simples: estamos pagando intereses altos para operar el día a día, no para construir el futuro. La obra pública no es el fin de esta deuda, y eso es un pecado económico capital.
Esta estructura financiera nos deja con un margen de maniobra raquítico. Tener comprometido el 61.7% de las participaciones federales significa que, de cada peso que llega de la Federación, más de la mitad ya tiene dueño antes de entrar a las arcas estatales. La «flexibilidad» ganada recientemente en el Ramo 28 es oxígeno, sí, pero no es motor.
La conclusión es contundente: no estamos ante un colapso financiero, pero sí ante una parálisis de inversión. Un presupuesto atado al pago de deuda comercial y nómina es un presupuesto estéril para la infraestructura y el desarrollo económico. Controlar el déficit es obligación administrativa; generar riqueza es obligación de estado. Y con esta estructura de deuda, Durango apenas sobrevive, cuando debería estar creciendo.
Leonardo Álvarez / [email protected]


