“Traguen veneno. Acepten la injusticia, que todo al final se equilibra».
— Marcelo Bielsa, Director Técnico
Desde la perspectiva económica, social y política, suelo medir el mundo a través de asimetrías, rendimientos, balanzas comerciales y proyecciones de riesgo. Sin embargo, cuando la geopolítica colisiona con la esférica de cuero, los números dejan de tener sentido y entramos en el terreno de la psique colectiva. Estamos a las puertas de la Copa del Mundo 2026, un megaevento que, bajo la retórica oficial de la FIFA, celebra la unidad de Norteamérica. Pero basta raspar un poco el barniz del marketing para darnos cuenta de que este torneo es el fiel reflejo de un orden global profundamente desigual y, francamente, cínico.
Seamos claros: en esta mal llamada «Copa tripartita», México y Canadá no son anfitriones; somos comparsas. Somos los actores secundarios en un guion escrito en Washington y visado en Zúrich. Resulta de una ironía paralizante —y trágica— que mientras el gobierno de Estados Unidos bombardea Irán, manteniendo en vilo las cadenas de suministro y el comercio mundial, se erija simultáneamente como la capital global del «juego limpio» y la hermandad de las naciones.
La contradicción se vuelve aún más lacerante cuando miramos hacia adentro. Mientras la FIFA nos vende la ilusión de una Norteamérica sin fronteras durante 90 minutos, la realidad fuera de los estadios es brutal: el ICE intensifica sus redadas persiguiendo a migrantes mexicanos y latinos —sí, a los mismos compatriotas que con su folclor, sus dólares y su sudor sostienen la economía estadounidense y llenarán las gradas de esos estadios VIP—. A esto sumemos las medidas draconianas y paranoicas de ingreso impuestas por la aduana estadounidense a cualquier delegación extranjera. Bienvenidos al Mundial del libre tránsito del capital, pero de la cacería humana.
No obstante, por todo lo que acontece en el entorno -hasta el Estadio Azteca perdió su nombre- el fútbol es una autopsia filosófica de nuestras sociedades. Y en el terreno estrictamente deportivo, nuestra subordinación geopolítica encuentra un espejo perfecto en el desastre administrativo de nuestro balompié. México aceptó recibir las migajas del calendario mundialista sin chistar, reflejando la tiranía de una Liga MX que prioriza la rentabilidad económica sobre la excelencia deportiva. Hemos abolido el ascenso y descenso, secuestrado a la cantera y convertido a nuestros jugadores en vallas publicitarias ambulantes, garantizando un éxito financiero para los de pantalón largo y una mediocridad crónica para los de pantalón corto.
Y, sin embargo… aquí estamos. A pesar de la maquinaria corporativa, del imperialismo de estadio y de una Selección Nacional que acumula un récord absoluto de 28 partidos perdidos en la historia de los mundiales, el mexicano vuelve a creer.
A este fenómeno lo he bautizado como «el extraño estoicismo del mexicano con el fútbol». Es un desafío a toda lógica económica o matemática. Llevamos décadas estrellándonos contra el muro del anhelado (y maldito) «Quinto Partido», coleccionando traumas en tandas de penales y derrotas fulminantes en octavos de final. Pero cada cuatro años, el país se paraliza. La marea verde vuelve a hipotecar la casa para invadir el país vecino y ponerle color, alma y garganta a una Copa del Mundo que, sin nuestra afición, sería un frío espectáculo corporativo de la NFL, pero con pelota redonda.
¿Cómo explicar esta lealtad inquebrantable ante el fracaso perpetuo? Jorge Portilla, en su magistral Fenomenología del relajo, nos da la clave. El mexicano ha convertido el «desmadre» en una postura existencial y un mecanismo de defensa. Ante una realidad nacional agobiante —y ante una federación que nos exprime—, la afición opta por la suspensión del valor y la complicidad colectiva. El relajo mundialista es nuestro escudo contra la tragedia; disolvemos la amargura en un monumental canto de «Cielito Lindo» que retumba en las entrañas del imperio que nos persigue.
No escribo estas líneas desde un fatalismo irredento. Muy por el contrario. Quienes amamos la poética de este deporte, quienes creemos en la genialidad del «Cruyffismo» y en la mítica frase “la pelota no se mancha”, de Maradona, sabemos que el fútbol siempre guarda un espacio para lo improbable. La venganza del pie sobre la mano es, en esencia, el triunfo de la creatividad, el arte y la libertad humana sobre la fuerza bruta y el control hegemónico.
Deseo, con la pasión de un aficionado y el escrutinio de un analista, que nuestra Selección Nacional tenga una participación digna, rebelde y heroica. Que, en medio de este escenario geopolítico tan turbio, de redadas y bombardeos, de directivos mercenarios y estadios excluyentes, el balón ruede a nuestro favor. Porque si hay algo que el mundo no puede embargar ni deportar, es la indestructible e ilógica esperanza de la tribu mexicana cuando el árbitro hace sonar su silbato.
Leonardo Álvarez / [email protected]


